Por Sergio Camarillo
¿Qué cosas suceden cuando inviertes tres días de tu vida para generar sesenta segundos de publicidad televisiva? Léelo en esta nueva entrega de Diarios de un creativo.
Lunes, seis de la mañana. Suena el despertador, recuerdo lo último que le dije a mi hijo la noche anterior, “-¿a qué hora te vas a levantar?” “-A la hora que tú me levantes”. Bueno ahí voy a tocar su puerta, “son las seeeis” le dije mientras bostezaba, media hora después, ya vamos de camino a la universidad, otra media hora después ya estoy de regreso. Mi hija ya está lista para la escuela, voy y la dejo en el colegio y de nuevo estoy en casa. “¿Me acostaré un ratito más? ¿me meto a bañar?”, ni lo uno ni lo otro, me voy a la compu a recoger mi cosecha del FarmVille, “¿me estaré enviciando?” me pregunté a mi mismo, mmmm, bueno, esta será la última vez, ya lo venía planeando desde hacia una semana, voy a dejar de sembrar para no estar al pendiente de la cosecha y así dejar mi granja muy decorada, pero ya sin el antojo de estar cosechando, a ver cuánto dura sin que la atienda.
Un rato más ya estoy camino a la oficina. Hoy saldré a la Ciudad de México, voy a una filmación de un cineminuto y un spot de tv de uno de nuestros clientes. Al llegar a mi escritorio reviso algunos correos, envío otros tantos y rápido se llega la hora de salir al aeropuerto. Don Peter, uno de los choferes de la agencia, nos lleva a mi y al Sr. Leal al aeropuerto, ya sabes, el trayecto etá compuesto de una rica mezcla de de tráfico, buena plática y al final los comentarios de la seguridad, o mas bien de la inseguridad de nuestro “estado de progreso”. Ya en la recta final para llegar al aeropuerto suena mi celular, es el productor ejecutivo de la casa filmadora: “¿Mi Sergio, ¿cómo te va? … oye, molestándote con un cuestionamiento, ¿qué posibilidad le ves de posponer la filmación para dentro de una semana?, fíjate mi estimado, que acá esta lloviendo a cántaros y se me hace que seguirá lloviendo mañana, ¿cómo ves? ¿Qué crees que diga el cliente?” yo estaba bajando mi pie derecho frente al aeropuerto, así que sólo alcanzo a decir: “pues déjame llamar al cliente y preguntarle”.
Ahí va la primera llamada: “Rosita (mi compañera en SRS) un favor; localíceme al cliente y dígale que necesito hablar con él, también páseme su celular para marcarle yo directamente, gracias”. En un momento todo se aceleró, yo hablaba con algunas personas y Carlos con otras para localizar el cliente. “El teléfono está ocupado, márcale otra vez”, Rosita nos llama y nos comenta que ya salió de su oficina y que va camino al aeropuerto.
Le marco a su oficina para hablar con el jefe de mi contacto, está en una junta, “¿lo quiere esperar?” “- Si, espero”. Carlos hace contacto con mi contacto, me pasa su celular, yo le doy el mío porque estoy en espera, le platico la situación al cliente y le doy opciones, “No podemos retrasar, vámonos a México y allá veremos”; decisión tomada. Después de la marcha de las maletas, ya estábamos en la sala de espera, un repaso a lo que sucedió, algunas suposiciones y al cajón de los recuerdos, había que platicar de otras cosas para despejar la mente. Al inicio, tenemos un vuelo un tanto tranquilo en uno de los nuevos aviones de Mexicana con su renovada imagen, hasta que la compañía de un chamaco de unos 14 años que parecía tenia hormigas en el asiento, me hizo el viaje pesadito, ni modo, a aguantarse, a la otra mejor vuelo en Primera Clase...sí, como no. Avanzado el vuelo, hago una visita al baño, ya sabes, para dejar marca en el club de los Pipiadores de los 5780 metros de altura, y de repente la bocinita “¡ding dong!” seguido de la voz del capitán: “Señores pasajeros, preparados para el aterrizaje, favor de ajustar sus cinturones y tener las mesitas aseguradas” y ahora sí, para abajo, estamos en la urbe que un malogrado excandidato presidencial amarillo llamaba “La ciudad de la esperanza”.
Ya en el aeropuerto nos están esperando. Un “paseo” por el Boulevard Puerto Aéreo, un poco de tráfico por el Viaducto y unos treinta minutos más tarde estábamos en la colonia Condesa, en las instalaciones de la casa productora; “de aquí en adelante será un poco más fácil”, pienso para mi mismo.
Y sí… pensé mal, cambios en el guión, ajustes en los personajes, toma de decisiones, el vestuario, el bigote, la camiseta, los colores, que si esto, que si lo otro, nos dan las 10:30 de la noche, ya estamos todos de acuerdo, ¿entonces qué… a cenar? dice nuestro productor. Algunos dicen que sí, otros dicen que no, otros no dicen nada, otros dicen que mejor al hotel… Bueno, entonces a cenar. De pronto un mar de indicaciones medias cantinflescas por parte del personal de la casa productora: -“ustedes dos se van en una camioneta y ustedes en otra” nos indican a Carlos y a mi, y al personal de nuestro cliente. Salimos a la calle y no estaban las dos camionetas. Ahora nos dicen que en lugar de cambiar de camionetas van a pasar las maletas de una van a la otra, pienso “¿qué no es lo mismo?”. Total, al final nos fuimos en una sola, -“¿A dónde Sr.?” Me preguntan, -“no se ¿a dónde dijo MAO? A “Las Gaoneras” ¿no?”, -“¿al McDonald´s?”, -“Mejor al hotel decía alguien”, -"¿Viene MAO con nosotros?” a coro unos dicen sí, otros no, otros simplemente se encogen de hombros. Nos reímos ¿de qué se trata?, ¿no nos pusimos de acuerdo?, yo escuché que si viene MAO, alguien me secunda, la camioneta avanza, -“¿Entonces a dónde los llevo? ¿A Santa Fe o a Reforma?” dice el chofer. (Ahí estaban los hoteles del cliente y el nuestro) “¡a las garnachas!” alguien comenta, -“no, dijo las gaoneras… por cierto, ¿qué son las gaoneras?” La camioneta pasa por una fondita llamada El Califa, el cliente alcanza a leer en letras pequeñas que hay un platillo llamado gaonera, -“¿será aquí?” alcanza a preguntar, yo la verdad ya no se ni qué estamos buscando, mucho menos a donde nos llevan.
En ese momento entra una llamada, el chofer contesta, alcanzo a escuchar; “aquí los llevo señor… Si en un momento llegamos, si era ahí atrás, en El Califa estamos en la Condesa.” -La Fondesa le dicen localmente- vamos de regreso, ya hace hambre, nos bajamos de la camioneta y ahí estaba MAO, nos describe lo bien que se come en ese lugar, me imaginé que sí, porque estaba lleno, frente al este local estaba otro un tanto solitario. “El Fogoncito”, -“si prefieren vamos ahí.” “¡Sí!” dijimos a coro, estábamos cansados y algunos desmañanados. Cuarenta minutos después estábamos en plática de sobremesa, de nuevo el tema de inseguridad, que pena que así terminen muchas de nuestras pláticas. –“Bueno, vámonos, que mañana será un día muy largo, paso por ustedes a la seis de la mañana”,dice MAO. –“ ¿Otra vez?” dije para mi. Nos despedimos con un abrazo en la banqueta, regresamos a la casa productora, ahora sí, cambio de camioneta, unos minutos más de tráfico y llegamos a la calle Reforma, ¡que lugar tan espectacular!, La Diana, El Ángel, Cuauhtémoc, Colón y el hotel, un rápido registro, una escala técnica y a la cama. Mañana será otro día, el segundo de tres días destinados para filmar este proyecto. Luego les contaré que pasó ese día…





